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¿Hasta cuando será posible?
Por Víctor Manuel Barceló R. Villa Hermosa, Tabasco, 18 de noviembre de 2008.- En las calles se sentía la alegría del momento. Grupos de ciudadanos, de todas las edades, sexo y signo político, se abrazaban y conversaban amenamente de diversos asuntos. Algunos hablaban de la culminación de la telenovela, que esa tarde causaría expectación televisiva. En el trayecto fueron separándose, para tomar diferentes caminos, rumbo a un destino conocido: la casilla electoral en que les tocaría votar. El poblado estaba claramente encausado hacia dos tendencias: PRI y PRD. Los demás partidos no contaban en el ánimo de la población. Digo de la población porque, si bien solo votan los ciudadanos, el evento cívico de la mayor trascendencia, que se daba cada tres años, impactaba en el ánimo de todo mundo. En los hogares, a la hora de la comida, o en largos y cansados intermedios de las telenovelas o el fútbol, que atraían a la familia, se conversaba acerca de política, de la política que involucraba la mejoría real de sus condiciones de vida. En efecto, de esa elección saldría el equipo, encabezado por el presidente municipal que triunfase, que se abocaría a servir a sus paisanos. –“a mi me gusta Hipólito” gritó saliendo del baño Chuy, de apenas siete años, a quien en clase de primer año que cursaba en la primaria del pueblo, el maestro Juan le había interesado en la actividad política –al igual que a sus compañeros de clase- aprovechando el momento electoral, que por fin culminaría este domingo. Pues yo prefiero a “la tía Chencha”, dijo con una hermosa sonrisa, ante su café con leche y sus panecitos dulces, Carolina, que a sus diez años, era prototipo de niña estudiosa, colaboradora de su madre en tareas del hogar y excelente hermana con Chuy, el más inquieto niño de la escuela, a la que acudían los dos. –“Por que te gusta más “la tía Chencha”, preguntó, con el jarro del café en mano, Martina, la mamá de los dos, sin perder de vista la mesa, preparada para que todos pudieran degustar sus alimentos. –“Será que fue a la escuela y nos habló bonito de como ser buenos alumnos y buenos hijos”. –“A poco te portas tan bien Caro”, le reprochó sonriente Chuy, que quería entrañablemente a su hermana, pero no dejaba de travesearle y decirle cosas burlonas. Así estaba desarrollándose el diálogo familiar, cuando surgió de la pieza, que hacía de dormitorio común, Manlio, el proveedor de recursos, esposo y padre cariñoso con su pareja y su prole. –“Siéntate, aquí está tu cafecito y tu pan, no te vayas sin comer algo”, le dice Martina, mirándole y revisando su vestimenta, para quien Manlio era lo que más amaba. –“Ya no puedo, mujer, se está haciendo tarde, soy el presidente de la casilla” decía, cuando le fue empotrado en mano el jarro del café, por Carolina y Chuy casi le metía la concha en la boca. A la carrera devora el pan y se toma el humeante y oloroso café. Tras un abrazo cálido a Chuy, recomendándole que ayude a su mamá y un abrazo conjunto a su hijita y a su mujer, sale rápidamente para incorporarse al torrente de gente que circula por su calle y le saluda de muchas maneras, siempre con afecto. Goza durante el trayecto de la alegría de la gente que votará, durante el día, en las tres urnas que para hacer menos penosas las distancias, se instalaron en el poblado, donde se espera una votación de 1240 ciudadanos. Al llegar a su casilla, ve con agrado que solo falta uno de los suplentes. Los representantes de los candidatos departen alegremente, acerca de múltiples temas. Finalmente se instala la casilla y se inicia la votación. La organización de los representantes de los candidatos en la casilla y de los funcionarios de la misma, es correcta. Cada quien conoce y realiza su tarea a la perfección, frente a las urnas, cuidadosamente cubiertas por todas partes para que el voto sea realmente directo y secreto. Los ciudadanos salen felices de haber cumplido con su deber y apoyar a su candidato. A las dos de la tarde, llegan juntos los candidatos: “la tía Chencha” e Hipólito quienes, tras depositar su voto –no sin antes saludar de mano a todos los integrantes de la casilla - salen para tomarse la foto, juntos, sonrientes, confiando cada uno en su triunfo. Este era el final de una campaña en la que solo se dijeron las cosas positivas de ambos y ellos se empeñaron en hacer entender y apreciar su plan de trabajo, por toda la comunidad, incluidos niños y adolescentes. Al final del día, con la votación cerrada, se hizo el recuento de los votos, en que se llevó el triunfo…En ese momento sentí que me sacudían, entre sueños escuché a mi mujer. casi gritándome: -“Manlio, Manlio, se está haciendo tarde, recuerda que eres el presidente de la casilla y las cosas no se ven tranquilas”. En una nueva sacudida que me hace incorporarme de mala gana, todavía me sermonea: “Guevón, no seas mal ejemplo para tus hijos. Vístete que ya te andan buscando”. |
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